La Realidad de la Industria del Huevo

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En el pasado, cuando oía hablar sobre el veganismo, creía que el movimiento en sí era una exageración. Entendía el hecho de no comer carne, pero… ¿no comer huevos? No es posible dañar a una gallina por el mero hecho de que ponga un huevo… ¿verdad?

Desafortunadamente, la práctica llevada a cabo por la industria del huevo difiere de esa teoría, por mucho que nos quieran hacer creer lo contrario. Veamos primero la realidad que se esconde detrás de los huevos de gallinas enjauladas.


Gallinas enjauladas

Las gallinas ponedoras destinadas a estar enjauladas sufren alguna clase de maltrato animal desde su primer día de vida. Para empezar, les cortan el pico cuando son bebés para que no puedan picarse entre ellas estando en las jaulas –reacción de estrés y frustración. Esta mutilación, además, se realiza sin anestesia y, al tener nervios sensoriales, les causa dolor.

Este proceso es seguido por el encierro en una jaula de por vida. Esto se traduce a una vida sumida en la oscuridad en la que nunca ven el sol… hasta el día de su sacrificio. Además, el espacio que le pertenece a cada gallina en una jaula es del tamaño de un iPad, por lo que apenas pueden estirar las alas o moverse.

Una vida así les prohíbe actuar con naturalidad y construir nidos, buscar alimento, jugar, socializar, explorar, criar a sus bebés, estirarse… Tampoco les permite expresar su personalidad –porque, como cualquier otro animal, son individuos con carácter único. Algunas son más sociales, mientras que otras son más tímidas, agresivas, afectuosas, curiosas o miedosas. En las grandes factorías, no obstante, todas son, simplemente, objetos de producción.

Por si todo esto fuera poco, las condiciones de salud en las que viven son bastante lamentables. Muchas viven entre heces –ya que, al estar enjauladas permanentemente, no pueden escapar de aquellas gallinas que defecan en la jaula superior. Además, a causa de la falta de ejercicio, de nutrientes, de vitamina D y de calcio, muchas gallinas viven con huesos rotos. Y, al ser tantas, lo más probable es que no sean tratadas ni cuidadas individualmente.


Para nada bonito, ¿verdad? Mucha gente es consciente de que los huevos de gallinas enjauladas comportan crueldad animal -¡incluso McDonalds ha rechazado esta clase de huevos!-, por lo que ahora se suelen comprar más los huevos caged-free, es decir, los de gallinas no enjauladas.

¿En qué se diferencian? Bueno, al contrario de lo que acabamos de ver, las gallinas camperas o libres de jaula (oficialmente) no están confinadas en jaulas, son provistas de un nido, tienen espacio para estirar las alas y tienen acceso al exterior. Sin embargo, suelen ser mutiladas como las gallinas enjauladas.

Y, como todas las demás gallinas de granjas industriales –independientemente de su certificación-, se ven con la situación de que los pollitos machos son sacrificados nada más nacer (por su sexo) y de que cualquier gallina es enviada al matadero con tan solo 18 meses (a pesar de tener una esperanza de vida de 10 años), cuando su productividad ponedora deja de ser excelente.

Aquí tenéis un gráfico de Make It Possible que lo deja bien claro.


El mito de la gallina en libertad

Dejando de lado el asesinato prematuro de gallinas y pollitos, hay algo preocupante bajo la etiqueta de gallinas camperas o libres de jaula. Y es que, para obtener este certificado, puede realizarse alguna que otra trampa.

“Cage-free es solo una mentira del marketing para hacer que la gente consuma huevos” dice Sofo Archon, de Unbounded Spirit, “pensando que no están contribuyendo en crueldad animal. La realidad es que, aunque las aves camperas no vivan en jaulas, están comprimidas en un gran almacén con miles de aves más, incapaces de moverse libremente y sin apenas poder ver la luz del sol”.

Para obtener el certificado de “cage-free” se requiere una puerta que dé acceso al exterior, pero no que ésta esté abierta permanentemente (por lo que muchas veces se abre durante cinco minutos al día). Tampoco es necesario que, durante el período de tiempo en que ésta está abierta, alguna gallina salga al exterior (algo difícil, en ocasiones, a causa de huesos rotos o deformaciones en las patas).


Es evidente que, en las granjas industriales, la prioridad y preocupación máxima es la producción, y no el trato respetuoso de animales.

Se considera que un animal tiene cierto bienestar, tanto físico como mental, cuando se cumplen las cinco libertades. Éstas se cumplen cuando un animal es libre de tener hambre o sed; de estar incómodo; de dolor, heridas o enfermedades; de miedo y angustia, y cuando es libre para expresar su comportamiento natural.

Estas libertades suelen ser violadas si consumimos huevos de gallinas procedentes de la gran industria (sean orgánicos, cage-free o de gallinas enjauladas), que suele ser el 99% de los casos. De hecho, cuanto más baratos resultan los huevos, más crueldad suelen haber implicado, ya que el coste de mantener gallinas es más bajo cuando se les priva de libertad y salud.

En La Vida Uve intento evitar contenido gráfico por la sensibilidad que puedan tener algunos lectores, pero si queréis ver el trato real de las gallinas con vuestros propios ojos podéis hacerlo aquí. También podéis ver cómo es el Primer Día de un pollito de una granja industrial en este reportaje de Igualdad Animal.


Es una terrible realidad, pero, afortunadamente, tiene solución. La forma más directa de protestar contra esta situación es dejar de consumir huevos que provengan de gallinas enjauladas y de granjas industriales que tratan a los animales como meros objetos.

Personalmente creo que lo más ético sería optar por un estilo de vida que evitara cualquier uso de animales para nuestro propio beneficio. No obstante, eso es decisión tuya. Las gallinas son seres sintientes, emocionales, sociales e inteligentes. ¿Cómo vas a tratarlas tú?

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