Turismo Responsable: Paseos en Elefantes

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Es fácil caer en la tentación de dar un paseo en elefante. Éstos son criaturas magníficas, poderosas, ¡grandiosas! Han fascinado al hombre desde el principio de los tiempos, y es que su belleza no tiene límites. Desgraciadamente, esta admiración por el mundo salvaje se ha mezclado y confundido con una industria del turismo que, consciente o inconscientemente, perjudica seriamente a los animales.

Para que puedas dar un paseo en elefante, por ejemplo, algo muy común en Tailandia o Sri Lanka, éstos deben ser capturados y adiestrados. Con la finalidad de someterlos completamente a la voluntad del hombre, se les priva de comida, agua, y contacto con otros elefantes. Se les golpea continuamente con ganchos y fustas  en las orejas, la cabeza, y las patas, para así enseñarles a tener miedo y a obedecer. Se les limita la movilidad y los descansos, y el entrenamiento no termina hasta que el alma del elefante está totalmente rota, como indica el método tradicional tailandés.

Ésta práctica empezó en Asia (reino del temor para especies como el elefante y el tigre), pero la demanda de “actividades exóticas” y el aumento de turismo en África ha hecho que los paseos o safaris a lomos de elefantes se extiendan por el continente negro a una velocidad vertiginosa.

Sin contar las capturas para zoológicos y circos, muchos elefantes son apartados de sus familias (algo que muchas veces implica el asesinato de sus madres) a una temprana edad para empezar el entrenamiento de castigos y abusos físicos. Son forzados a relacionarse con humanos y depender de ellos -cosa que les priva de poder volver a su hábitat natural y vivir con normalidad. Son retenidos en espacios pequeños y cerrados, encadenados por las noches, y explotados durante el día.

Aunque quizá, eso no es lo peor. La falta de educación pública sobre este asunto nos hace obviar la más cruel de las consecuencias que sufren éstos elefantes. Y ese es el abuso mental.


Hablar sobre la capacidad cognitiva y emocional de estas criaturas es tan fascinante como re-descubrir al largo de la historia de qué es capaz el ser humano. Un elefante es capaz de sentir y buscar felicidad. Es una criatura totalmente social que busca cariño, protección, y un lugar al que llamar hogar. Es capaz de reconocer sonidos y voces –e incluso diferenciar distintos idiomas.

Los elefantes son capaces de establecer relaciones muy estrechas con personas y otros elefantes, llegando a llorar durante semanas la muerte de amigos y familiares (y visitando repetidamente los restos, tocándolos con sus trompas y gritando de dolor). Sus emociones son muy similares a las de los humanos... por no mencionar su increíble memoria, que permite a elefantes de circo reconocerse y recibirse emotivamente una vez reencontrados hasta sesenta años después.

¿Qué ocurre, pues, cuando privamos a una criatura tan emocional de su vida, hogar, y familia? Que se niega a comer. Que pierde las fuerzas. Que llora incansablemente. Que recuerda a su manada (¡y cuidado! gran parte de los elefantes capturados recuerdan el asesinato de sus madres). Que enferma y sufre de artritis y otras dolencias. Que cae en depresión, desmotivación, y estrés post-traumático. Que muere antes de lo que lo haría en libertad.

Porque un elefante esté cautivo no quiere decir que tenga todas sus necesidades cubiertas. Es cómodo pensar que estás a lomos de un elefante porque les aprecias y admiras, pero tu acción resultará contraproducente.

No es una novedad que el hombre cuida de los animales, pero no todas las especies nos necesitan de la misma manera. Un elefante necesita respeto y libertad. ¿Y del hombre? Nada más que su continua admiración. Una admiración que, si puede ser, no les cueste la vida.

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